viernes, 20 de julio de 2012
Tener y Ser; dos formas diferentes de vivir
viernes, 30 de marzo de 2012
Momentos mágicos
En ocasiones, ocurren cosas que sobrecogen, que maravillan, que obnubilan o nos producen pasmo, o que sin nada de esto perduran en el tiempo y asoman a nuestros recuerdos una y otra vez.
Con el tiempo, y solo con el tiempo, me doy cuenta de que esos momentos fueron irrepetibles. Me reprendo entonces y me siento tonto al comprobar mi incapacidad para poner en valor esos momentos cuando suceden. En esas ocasiones me siento como un autista emocional, incapaz de profundizar en el momento, como quien pretende coger agua o arena con la mano abierta y la ve escaparse entre sus dedos.
No tengo recuerdos de infancia de este tipo y el primero que me aparece es contemplando los ojos de mi primera esposa al contarme que estaba embarazada de nuestra primera hija. Su luz y la ilusión que irradiaba su cara quedó grabada para siempre en mí. Nuestra separación fue tormentosa, dolorosa, difícil y litigada hasta el punto del odio, pero hoy superado ya ese odio, sigue apareciendo ese momento mágico.
Una de las últimas ocasiones fue con la muerte de mi padre. Cada vez que la recuerdo, algún nuevo matiz aparece para enriquecer el conjunto de la experiencia. Seguramente como consecuencia de mi camino, viví el momento con mucha plenitud. Comprendí que era el momento de poner fin a sus 94 años y que había acabado una etapa y, con su mano entre las mías, le deseé un feliz viaje. En el momento de la muerte, en el momento siguiente, se paró el mundo por unos instantes como si un alma se apeara en esa estación. Momentos mágicos.
En alguna contada ocasión, cuando te abrazas a tu amor, te fundes con él. En un feetback impensable sientes la caricia en las yemas de tus dedos y en su cuerpo al mismo tiempo. Como si fueras causa y efecto a la vez. Eres tú y eres el otro y al mismo tiempo dejas de ser tú. En esos espacios de tiempo, la mente racional se desconecta y pasas a otro estado en el que el corazón impone su ley y dirige las acciones. En esa contada ocasión en que a los dos les sucede, ambos se funden en un solo ser de amor infinito que lo llena todo. Momento mágico. No acabas de aprehenderlo en su totalidad cuando sucede ya que la mente no actúa, pero el corazón si atesora sentimientos que luego irán apareciendo una y otra vez.
Repasando hechos, compruebo que siguen una curva ascendente; conforme me acerco en el tiempo, mayor es su cantidad. ¿Es señal de atención en el momento? Todos tienen relación con seres: ¿Solo la conexión entre almas produce impresiones indelebles? Las emociones, los sentimientos no se pueden explicar de forma precisa; hay que experimentarlos. Hecho esto, sobran las palabras. Las más profundas emociones tienen que ver con la vida y con la muerte. Principio y final. Por en medio muchos recuerdos de vivencias se acumulan cuan panteón de dioses menores reclamando también su culto.
El yoga también me ha proporcionado experiencias de esta categoría. Momentos de unión extrema, de interiorización tal que sientes fundirte y derramarte dentro de ti. Experiencias que el corazón dirige y no la mente; uno solo las pone en marcha. Compañeros de viaje en la fe con los que en unos momentos de grupo sientes estas conexiones. Reuniones y meditaciones.
Una lección aprendo: Nada es eterno, todo pasa y se desvanece. Solo tiene valor el presente. El pasado ya pasó y el futuro no es más que una posibilidad. El pasado me permite aprender y estar más despierto para el presente; lo único importante. Los momentos mágicos sirven para saber que todo es posible.
lunes, 12 de septiembre de 2011
El engaño del crecimiento sostenible
El principio 3º de la Declaración de Rio (1992) dice: Satisfacer las necesidades de las generaciones presentes sin comprometer las posibilidades de las del futuro para atender sus propias necesidades.
Hoy en día hemos llegado a un nivel de crecimiento que resulta tóxico. Se objeta este crecimiento porque está cambiando la relación entre el hombre y la Tierra. Hay una contradicción entre la estructura profunda humana y las nuevas necesidades culturales y sociales. Es una lucha entre el instinto biológico y las necesidades culturales. Ningún economista estará de acuerdo con el decrecimiento, pues el núcleo de la economía es crecer. Decrecer es una opción profundamente cultural.
Rousseau decía: “El nacimiento de la miseria moral viene de la mano de la aparición de la propiedad privada”. Adam Smith (profesor de filosofía moral) decía: “El crecimiento de la economía sirve para aumentar la felicidad, y no para engordar el ego y la vanidad de la clase poseedora”. Sabía que las “condiciones ideales” no suelen darse en la realidad y por eso reclamaba que economía y ética deben estar muy vinculadas. Si no hay buena economía, la conducta humana falla. Aristóteles decía: “La felicidad es consecuencia de un acto”. Somos felices haciendo una cosa. Por tanto, la economía debe ser ética. Su única razón no puede ser “más beneficio”.
Desde el siglo XVIII con Voltaire, la situación del mundo ha cambiado notablemente. De 1500 millones de habitantes a los 6500 actuales, que además consumen enormes cantidades de materias primas. Existe una conciencia mágica de la técnica. Creemos que podemos manejarla, pero somos, como decía Jacques Ellul, un sistema técnico, y la única ley interna de la técnica es la eficacia. Nosotros no gobernamos la técnica. Se gobierna por su propio sistema. Tanto la tenemos como ideal que incluso medimos nuestro ser con expresiones como: ser eficaz; cambiar el chip.
Desde Descartes, el cuerpo humano es una máquina y ya pensamos de forma técnica. Hay diferentes tecnologías entre los humanos, pero no hay humanos sin técnica. Esto ha permitido el éxito del ser humano. Nuestra adaptabilidad. Hemos humanizado la Natura destruyendo la naturaleza. El problema actual es que de todas las dimensiones del ser humano: poética, erótica, sensual, afectiva, etc. hemos pasado al predominio de una sola. Todos los críticos a la tecnología son profundamente religiosos. ¿Por qué? Porque se dan cuenta que lo sagrado está siendo ocupado por la técnica.
Malthaus decía que la guerra y el hambre eran las únicas soluciones para solucionar esta superpoblación. Los activistas, que son pocos, viven de los tópicos del 1968, y la academia lleva un retraso de siglos. Es preciso adoptar medidas de cálculo racional.
En términos de responsabilidad moral, lo importante no es hacer el bien e incluso ir de bueno resulta una ingenuidad insoportable. Ante todo no dañar.
Hoy por hoy, fuera del estado, poco puede hacerse por el cambio social.
Las políticas encaminadas al decrecimiento deberían contener:
- Una apuesta decidida por transportes públicos con fuertes impuestos a los carburantes.
- Favorecer la producción y el consumo local de bienes y productos. Alimentos de temporada y dietas vegetarianas.
- Garantizar un salario social (vivienda, tierra, etc.) para conseguir la autonomía personal.
- Higiene natural y preventiva sin productos tóxicos.
- Tribunales para productores de armas e instigadores de guerras.
- Eliminación de la contaminación cerrando fábricas y reduciendo la población.
También podría existir un decrecimiento reformista: una opción personal por la simplicidad, vinculada a la cultura, y un estilo de vida, hoy por hoy minoritario. La pregunta es: ¿el cerebro racional (la ética) podrá imponerse al cerebro reptiliano y acumulativo?
viernes, 4 de febrero de 2011
Dieta vegetariana en términos utilitaristas

La primera prioridad es la necesidad objetiva. Si los animales sufren más que los humanos, imparcialmente, a aquellos corresponderá la prioridad a la respuesta a sus problemas. Eliminando el sufrimiento animal, el bienestar sobre la Tierra aumentará significativamente en cantidad de seres.
Hay tres razones básicas por las que un utilitarista consecuente debiera hacerse vegetariano:
2.- Disminuye la contaminación ambiental.
3.- Como hemos indicado ya, disminuye la cantidad de dolor realmente existente.
Considerando la gran cantidad de pienso, suelo, y energía que se necesita para producir carne, recibimos mucho menos de lo que invertimos en ella.
La energía que una vaca recibe de su comida diaria la invierte básicamente en poder moverse, en mantener su temperatura corporal y en su funcionamiento fisiológico en general. Para producir doscientos gramos de bistec se necesitan dos quilos de cereales o más, es decir la alimentación suficiente para cinco niños. De la misma manera, una típica dieta europea omnívora requiere cinco veces más de suelo que una dieta basada en proteína vegetal.
Sucede además que el ganado para alimentación de humanos representa según la FAO un 18% de las emisiones globales de efecto invernadero. El óxido nitroso que proviene del ganado supone el 65% de las emisiones producidas por el hombre. La crianza y el procesado del ganado emite también el 37 % del metano inducido por los humanos (el metano tiene 23 veces más impacto que el dióxido de carbono en el calentamiento terrestre). Además los excrementos de los animales contaminan el suelo y las aguas residuales. Si nos ‘convirtiésemos’ al vegetarianismo, la contaminación disminuiría, pues, de una manera significativa.
En tercer lugar, una alimentación vegetariana conllevaría una gran disminución de dolor para millones de animales no-humanos. 574 millones de pollos se sacrificaron sólo en el año 2006 en España. Piénsese, pues, en la cantidad de dolor evitable con una simple cambio de dieta. Y eso sin tener en cuenta el dolor humano también evitable mediante la dieta vegetariana, en la medida que el consumo de carnes y embutidos fomenta la obesidad, las infecciones y las depresiones, además de ser un factor de riesgo en la diabetes, la arteriosclerosis y el infarto.
Con una alimentación vegetariana se reduce, pues, el malgasto de recursos, disminuye la contaminación y se limia la cantidad de dolor. Es decir, aumenta de una manera muy considerable el bienestar de todos, sin disminuir el bienestar de nadie (excepto si usted es comerciante de jamones al por mayor).
En todo caso, un utilitarista es ‘bienestarista’, es decir, el trato ético a los animales no es para él una finalidad en sí misma, sino un instrumento (para mejorar la salud humana, para vivir más feliz absteniéndose de ingerir carne cadavérica). El utilitarista es, un hedonista y el vegetarianismo, ya sea puro, (o ‘vegano’, es decir que tampoco consume lácteos, huevos, pescado ni miel), o mixto (es decir, que consume algunos de estos productos) le ofrece un instrumento que aumenta la felicidad personal y colectiva.
Fuente: Ramón Alcoberro
domingo, 2 de enero de 2011
Fin de año en Sakya Tashi Ling

Primero una cena en mesas redondas de 9-10 comensales que sirve para relacionarse. Self service con buffets frio y caliente cocinados, preparados y presentados con esmero y amor.
La sadhana empieza alrededor de las once con el ritual de purificación para entrar al año con la petición de nuevos deseos positivos y las uvas de la suerte.

A las doce y media y por video conferencia desde el aeropuerto de Mumbai en India donde se encontraba de camino a Nepal, el lama Jamyang Tashi Dorje Rimpoche, abad del monasterio, pidió oraciones para su maestro el muy venerable Khenpo Appey Rimpoché, fundador de la Sakya University y uno de los pocos seres iluminados que transitaban esta vida, fallecido el día anterior y a cuyas exequias se dirigía.
A continuación transmitió el mantra de la compasión (Chenrezig) y los alrededor de 70 participantes entre monjes, novicios y visitantes iniciamos la recitación del mantra que se prolonga hasta las 6 y media de forma ininterrumpida.
Si estar unos minutos recitando mantras tiene unos efectos, qué no harán seis horas. Cada recitación del mantra dura unos tres minutos y cada participante lleva la cuenta colocando alubias en un cuenco. Al final, se recogen todas las alubias y se cuentan para hacer la ofrenda del trabajo realizado. Una función básica de un monasterio es rezar por la felicidad en el mundo. ¡Cuántas alubias para aliviar el sufrimiento en el mundo!
A continuación, salimos al exterior para plantar junto a plantas aromáticas, los papeles donde habíamos escrito nuestros deseos para el nuevo año. Previamente, dimos las tres vueltas a la estupa.
La estupa es el monumento más importante y tiene una simbología muy clara. Se trata de un monumento funerario destinado a contener reliquias que incorpora en su parte superior cinco peldaños que simbolizan los cinco elementos. En la cima, el sol apoyado sobre una luna creciente son la sabiduría y la compasión. Leones pintados en las cuatro paredes muestran sus patas abiertas hacia el cielo soportando el trono donde se asienta la mente iluminada de Budha. Alrededor, un mala de 108 cilindros de oración circunvala la construcción. Cada cilindro contiene en su interior una oración escrita y al accionarlo, cada vuelta lanza una recitación de la oración. Cuando se circunvala la estupa, se van accionando los 108 cilindros para que las oraciones se esparzan por doquier.
En cada vuelta, cada cilindro que hice rodar tuvo su nombre propio; primero la gente querida, la no querida en la segunda vuelta y en la tercera los que nos son indiferentes.
¿Qué me llevé de esta comunidad y de este encuentro?
- Me sorprendió encontrar pierna de cordero al horno. ¿Concesión a los visitantes ocasionales? Eso sí, nada alcohólico.
- La felicidad y la alegría que transmiten todos. Es el concepto que yo tengo de beatitud.
- La ilusión con la que esperaban la conexión con su maestro desde Mumbai.
- La energía que conjura toda la comunidad en la liturgia.
- El deseo de complacer y servir. Karma yoga.
- Una instrucción: cuando pienses en alguien, no le traigas ante ti visualizándolo, mándale tus deseos, tus bendiciones allá donde esté.
- Lamenté no encontrar en mí más energía para meditar más intensamente. Siempre me quedo con la impresión de no haber aprovechado todo el potencial que me brinda la ocasión.
- Encontré muchos puntos de conexión con la ontología budista.
- Respiré intensamente la atmosfera existente. Como en una respiración yóguica, la sentí llegar hasta el último rincón, deshaciendo nudos, planchando arrugas, rellenando surcos.
- Aprendí de todos ellos y aprendí de mí en mis actos de esta noche.
Nacía el día cuando acabábamos el ritual, y camino de vuelta, el espectáculo de tonos rojizos del amanecer amenizó nuestro trayecto. La paz viajaba con nosotros.
viernes, 29 de octubre de 2010
Carta de Epicuro
Por consiguiente, medita y practica las enseñanzas que constantemente te he dado, pensando que son los principios de una vida bella.
En primer lugar, debes saber que Dios es un ser viviente inmortal y bienaventurado, como indica la noción común de la divinidad, y no le atribuyas nunca ningún carácter opuesto a su inmortalidad y a su bienaventuranza. Al contrario, cree en todo lo que puede conservarle esta bienaventuranza y esta inmortalidad. Porque los dioses existen, tenemos de ellos un conocimiento evidente; pero no son como cree la mayoría de los hombres. No es impío el que niega los dioses del común de los hombres, sino al contrario, el que aplica a los dioses las opiniones de esa mayoría. Porque las afirmaciones de la mayoría no son anticipaciones, sino conjeturas engañosas. De ahí procede la opinión de que los dioses causan a los malvados los mayores males y a los buenos los más grandes bienes. La multitud, acostumbrada a sus propias virtudes, sólo acepta a los dioses conformes con esta virtud y encuentra extraño todo lo que es distinto de ella.
En segundo lugar, acostúmbrate a pensar que la muerte no es nada para nosotros, puesto que el bien y el mal no existen más que en la sensación, y la muerte es la privación de sensación. Un conocimiento exacto de este hecho, que la muerte no es nada para nosotros, permite gozar de esta vida mortal evitándonos añadirle la idea de una duración eterna y quitándonos el deseo de la inmortalidad. Pues en la vida nada hay temible para el que ha comprendido que no hay nada temible en el hecho de no vivir. Es necio quien dice que teme la muerte, no porque es temible una vez llegada, sino porque es temible el esperarla. Porque si una cosa no nos causa ningún daño en su presencia, es necio entristecerse por esperarla. Así pues, el más espantoso de todos los males, la muerte, no es nada para nosotros porque, mientras vivimos, no existe la muerte, y cuando la muerte existe, nosotros ya no somos. Por tanto la muerte no existe ni para los vivos ni para los muertos porque para los unos no existe, y los otros ya no son. La mayoría de los hombres, unas veces teme la muerte como el peor de los males, y otras veces la desea como el término de los males de la vida. [El sabio, por el contrario, ni desea] ni teme la muerte, ya que la vida no le es una carga, y tampoco cree que sea un mal el no existir. Igual que no es la abundancia de los alimentos, sino su calidad lo que nos place, tampoco es la duración de la vida la que nos agrada, sino que sea grata. En cuanto a los que aconsejan al joven vivir bien y al viejo morir bien, son necios, no sólo porque la vida tiene su encanto, incluso para el viejo, sino porque el cuidado de vivir bien y el cuidado de morir bien son lo mismo. Y mucho más necio es aún aquel que pretende que lo mejor es no nacer, «y cuando se ha nacido, franquear lo antes posible las puertas del Hades». Porque, si habla con convicción, ¿por qué él no sale de la vida? Le sería fácil si está decidido a ello. Pero si lo dice en broma, se muestra frívolo en una cuestión que no lo es. Así pues, conviene recordar que el futuro ni está enteramente en nuestras manos, ni completamente fuera de nuestro alcance, de suerte que no debemos ni esperarlo como si tuviese que llegar con seguridad, ni desesperar como si no tuviese que llegar con certeza.
En tercer lugar, hay que comprender que entre los deseos, unos son naturales y los otros vanos, y que entre los deseos naturales, unos son necesarios y los otros sólo naturales. Por último, entre los deseos necesarios, unos son necesarios para la felicidad, otros para la tranquilidad del cuerpo, y los otros para la vida misma. Una teoría verídica de los deseos refiere toda preferencia y toda aversión a la salud del cuerpo y a la ataraxia [del alma], ya que en ello está la perfección de la vida feliz, y todas nuestras acciones tienen como fin evitar a la vez el sufrimiento y la inquietud. Y una vez lo hemos conseguido, se dispersan todas las tormentas del alma, porque el ser vivo ya no tiene que dirigirse hacia algo que no tiene, ni buscar otra cosa que pueda completar la felicidad del alma y del cuerpo. Ya que buscamos el placer solamente cuando su ausencia nos causa un sufrimiento. Cuando no sufrimos no tenemos ya necesidad del placer.
Por ello decimos que el placer es el principio y el fin de la vida feliz. Lo hemos reconocido como el primero de los bienes y conforme a nuestra naturaleza, él es el que nos hace preferir o rechazar las cosas, y a él tendemos tomando la sensibilidad como criterio del bien. Y puesto que el placer es el primer bien natural, se sigue de ello que no buscamos cualquier placer, sino que en ciertos casos despreciamos muchos placeres cuando tienen como consecuencia un dolor mayor. Por otra parte, hay muchos sufrimientos que consideramos preferibles a los placeres, cuando nos producen un placer mayor después de haberlos soportado durante largo tiempo. Por consiguiente, todo placer, por su misma naturaleza, es un bien, pero todo placer no es deseable. Igualmente todo dolor es un mal, pero no debemos huir necesariamente de todo dolor. Y por tanto, todas las cosas deben ser apreciadas por una prudente consideración de las ventajas y molestias que proporcionan. En efecto, en algunos casos tratamos el bien como un mal, y en otros el mal como un bien.
A nuestro entender la autarquía es un gran bien. No es que debamos siempre contentarnos con poco, sino que, cuando nos falta la abundancia, debemos poder contentarnos con poco, estando persuadidos de que gozan más de la riqueza los que tienen menos necesidad de ella, y que todo lo que es natural se obtiene fácilmente, mientras que lo que no lo es se obtiene difícilmente. Los alimentos más sencillos producen tanto placer como la mesa más suntuosa, cuando está ausente el sufrimiento que causa la necesidad; y el pan y el agua proporcionan el más vivo placer cuando se toman después de una larga privación. El habituarse a una vida sencilla y modesta es pues un buen modo de cuidar la salud y además hace al hombre animoso para realizar las tareas que debe desempeñar necesariamente en la vida. Le permite también gozar mejor de una vida opulenta cuando la ocasión se presente, y lo fortalece contra los reveses de la fortuna. Por consiguiente, cuando decimos que el placer es el soberano bien, no hablamos de los placeres de los pervertidos, ni de los placeres sensuales, como pretenden algunos ignorantes que nos atacan y desfiguran nuestro pensamiento. Hablamos de la ausencia de sufrimiento para el cuerpo y de la ausencia de inquietud para el alma. Porque no son ni las borracheras, ni los banquetes continuos, ni el goce de los jóvenes o de las mujeres, ni los pescados y las carnes con que se colman las mesas suntuosas, los que proporcionan una vida feliz, sino la razón, buscando sin cesar los motivos legítimos de elección o de aversión, y apartando las opiniones que pueden aportar al alma la mayor inquietud.
Por tanto, el principio de todo esto, y a la vez el mayor bien, es la sabiduría. Debemos considerarla superior a la misma filosofía, porque es la fuente de todas las virtudes y nos enseña que no puede llegarse a la vida feliz sin la sabiduría, la honestidad y la justicia, y que la sabiduría, la honestidad y la justicia no pueden obtenerse sin el placer. En efecto, las virtudes están unidas a la vida feliz, que a su vez es inseparable de las virtudes.
¿Existe alguien al que puedas poner por encima del sabio? El sabio tiene opiniones piadosas sobre los dioses, no teme nunca la muerte, comprende cuál es el fin de la naturaleza, sabe que es fácil alcanzar y poseer el supremo bien, y que el mal extremo tiene una duración o una gravedad limitadas.
En cuanto al destino, que algunos miran como un déspota, el sabio se ríe de él. Valdría más, en efecto, aceptar los relatos mitológicos sobre los dioses que hacerse esclavo de la fatalidad de los físicos: porque el mito deja la esperanza de que honrando a los dioses los haremos propicios mientras que la fatalidad es inexorable. En cuanto al azar (fortuna, suerte), el sabio no cree, como la mayoría, que sea un dios, porque un dios no puede obrar de un modo desordenado, ni como una causa inconstante. No cree que el azar distribuya a los hombres el bien y el mal, en lo referente a la vida feliz, sino que sabe que él aporta los principios de los grandes bienes o de los grandes males. Considera que vale más mala suerte razonando bien, que buena suerte razonando mal. Y lo mejor en las acciones es que la suerte dé el éxito a lo que ha sido bien calculado.
Por consiguiente, medita estas cosas y las que son del mismo género, medítalas día y noche, tú solo y con un amigo semejante a ti. Así nunca sentirás inquietud ni en tus sueños, ni en tus vigilias, y vivirás entre los hombres como un dios. Porque el hombre que vive en medio de los bienes inmortales ya no tiene nada que se parezca a un mortal.
jueves, 9 de septiembre de 2010
El santuario de la Virgen de Gracia
“Sembla un somni” exclamé, y me salía del corazón.
El imponente edificio se alza agonizante después de un recodo del camino y aparece sin avisar, de pronto, y con la grandeza que tuvo otrora descolgándosele a jirones. Es como en esos documentales que muestran templos perdidos en la selva india. Aparecen de pronto escondidos tras la vegetación. No están en una meseta despejada, ni en la cima de una montaña. Están al pie del arrollo, en la parte protegida de un valle o al abrigo de una montaña, a cuya falda parecen encaramar su espalda.
Nos lo habían avisado las gentes del lugar: hay varios kilómetros de pista forestal en no muy buen estado; en otro tiempo era un centro notable en la comarca; la atmosfera que se respira es especial.
El santuario de la Virgen de Gracia de La Fresneda (Teruel).
Del conjunto del siglo XVIII, quedan las paredes de carga del edificio de la hostería, rectangular de cuatro plantas, construida con bloques de piedra, y los muros perimetrales de la iglesia, de tres naves y cabecera recta, al final de la cual está el camarín de la Virgen. La construcción es de mampostería decorada en su interior en estilo barroco clásico y seguramente con bóvedas de cañón ya desaparecidas, incorporando la cantería solo en la fachada, de dos cuerpos, el inferior de orden jónico y el superior de orden corintio.
Nada extraordinario hasta aquí; hay bastantes muestras de devoción esparcidas por España como para designar esta como mayor o mejor que otras.
El sueño es que el camino que seguimos se va adentrando en el bosque entre montañas, y que no vimos a nadie en él. Llegamos al santuario y nos recibía la naturaleza, y en ella, fundida en simbiosis perfecta, adentrándose en la roca algunos edificios, colonizados los interiores por la foresta, nacía la construcción.
“Sembla un somni”, y desde este momento, era sentir y experimentar. Ese silencio lleno de los sonidos del viento, los pájaros, las cigarras y sin dejar por eso de ser silencio. El sol, el aire, los olores…Esa energía que flotaba en el aire, que se intensificaba al entrar entre las paredes de la iglesia, frente al camarín de la Virgen. La sensación de armonía que nos embargaba. Hacía mucho calor, pero bajo los pinos nos instalamos y a su sombra gozamos de la brisa.
Estuvimos varias horas allí, sin hacer nada, pero haciendo mucho y sobretodo, experimentando emociones. Comimos, andamos, meditamos, hablamos del esfuerzo que había costado erigir este monumento a la Virgen de Gracia con los medios del siglo XVIII en tan remoto lugar, de la vida que llevaba la comunidad religiosa que atendía al culto y me vino a la cabeza aquella frase:
Los lugares mágicos no se escogen, solo se descubren