jueves, 30 de julio de 2009

Examen de julio (compasión)

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Tozuda, una y otra vez, la vida nos lleva a nuestro destino o nos pone la lección que toca sin que podamos saltárnosla. Así podría definir lo que viví ayer miércoles.
El martes, viajando en autobús, al pasar por un cruce vislumbré, durante los breves segundos que tarda en rebasarlo, el resultado de un atropello. Una anciana yacía en el suelo ante un autocar parado en medio de la calle. Un hombre, de espaldas a ella hablaba por su móvil, supongo, llamando a una ambulancia. Desde la acera, la gente miraba expectante. Los coches parados, esperaban. Nadie se movía, solo la anciana en el suelo parecía hacer intentos para levantar la cabeza.
La escena me impactó. La mujer estaba sola tirada en medio de la calle y nadie se acercaba. Nadie la tranquilizaba, la ayudaba, la protegía del sol. Estaba sola tirada sobre el asfalto como abandonada, mientras la gente miraba inmóvil.
Pensé que se debería hacer mucho más por ella. Taparle el sol que sofoca en estas fechas a pleno mediodía, consolarla, tranquilizarla mientras llegan los socorros, acomodarle la cabeza.
No habían pasado 24 horas cuando circulando justo en el cruce de General Mitre con Vía Augusta una furgoneta que venía en sentido contrario invadió el carril izquierdo por donde circulaba una moto que a causa de esto cayó. Tuve que frenar bruscamente para evitar que moto y motorista acabaran bajo mis ruedas. El hombre, de unos treinta y tantos, rodó de costado y quedó casi junto a mi rueda. Durante un segundo, por mi mente pasó ese insecto que anida en mi corazón diciendo: vaya, tendremos que hacer algo, no puedes irte sin más, que sería lo más cómodo. Salí y junto con el ocupante de otro coche apartamos la moto, comprobamos su estado. Una mujer llamaba a la ambulancia. Tenía un fuerte golpe en la rodilla y toda la parte izquierda rozada con la mano ya hinchada. Fue saliendo del shock y le hicimos comprobar si podía mover las articulaciones mientras le manteníamos recostado en el suelo. Viendo que no había daños graves y que solo parecía tener un dedo roto, le animamos diciéndole que ya tenía una batallita que contar. Pasados unos minutos, incluso pudo levantarse. Hubo el natural nerviosismo, pero no ansiedad o histeria. Hicimos lo que había que hacer. La ambulancia llegó en menos de 10 minutos y dejándole en manos de los médicos me despedí de él y seguí camino.
Cuando todo hubo pasado, fue cuando pude pensar y darme cuenta que la vida ante mi comentario del día anterior, me había dicho: ¿Te parece que puede hacerse mejor?, pues a ver como lo haces tú ahora.

1 comentario:

Mercedes dijo...

jolines, me da yuyu este paralelismo nuestro......fuí yo en otro tiempo y en otro espacio la que me metí entre el tráfico para ayudar a una viejecita tirada en el suelo, recién atropellada.
Estuve con ella hasta que llegó la ambulancia, llamé a su hijo y cuando llegaron los sanitarios me fui,ocupada y llena con mi propia vida. No sabes lo que me pesa no haberla acompañado. Estaba aterrorizada la pobreta..No se tú, pero yo tengo siempre la sensación que hago todo a plazos, que me falta algo siempre...